Por Domingo Aguilera Pascual. Mayo 2026
Los Hechos de los Apóstoles en su capítulo primero, nos narran que estaban reunidos en el cenáculo los apóstoles, algunos discípulos y algunas mujeres, junto a María, cuando vino el Espíritu Santo. Esperaban la llegada del Espíritu Santo en oración con María.
Esta es la verdadera Iglesia primera, la Iglesia de la “sala superior” donde habían pasado tantas cosas importantes en tan pocos días. Era el lugar de la primera Eucaristía y ellos eran los primeros seguidores de Jesucristo, pero Jesucristo se había elevado a los cielos y ya no estaba allí. Fueron unos días de sentimientos muy encontrados, de alegría por haberse cumplido las Escrituras y por lo tanto la salvación de los judíos y de mucha tristeza por la falta del amigo.
Son cincuenta días de purificación, de espera en la fe de las palabras del Maestro. Son días de reconocerse como hermanos: han pasado de ser amigos (Ya no os llamo siervos, sino amigos) a reconocerse como hijos del mismo Padre. Ya no son un conjunto de judíos que siguen a un profeta, ni meros amigos. Están barruntando que su vida está cerca de encontrar su verdadera misión. Por su parte, se disponen a profundizar en el mensaje con la oración.
La oración no es un ejercicio de la razón, sino de lo más íntimo de nosotros, de eso que nos vivifica y que sabemos que no es corporal, ni inmaterial, sino espiritual.
María está con ellos y su sola presencia les ayuda a orar y a permanecer en la fe que han recibido hace unos pocos días y que les abre unos horizontes completamente inesperados.
Con el hábito de la sabiduría sí que pueden, y nosotros también, conocer a Dios. Este conocimiento habitual nos permite “alcanzar” lo eterno, aquello que no pertenece a este mundo sometido al movimiento. Es conocer como se conocen las personas Divinas.
María les está preparando para aceptar al Espíritu Santo y lo hace mediante la oración. Así descubren que hay otras dimensiones por conocer y otras personas para amar de forma donal, pero sobre todo que ya son libres, que no están sometidos a la Ley, sino que ya contemplan la Ley con ojos de liberación porque han descubierto al autor de la Ley.
Es María quién les va recordando lo que significan las palabras de su Hijo, que son palabras de vida eterna, palabras que ardían en el corazón de aquellos dos discípulos que se volvían desencantados a su aldea de Emaús. Son palabras que han oído muchas veces pero que no terminan de entender, sucesos que no terminan de encajar en su vida. Es tiempo de purificación, de desprenderse de sí mismos para encontrar al “otro”, para encontrar el verdadero rostro de Jesús.
Es el tiempo de María. Caminar de la mano de María, en la confianza de que Ella nos está preparando el camino para el encuentro con su Hijo resucitado y glorificado. Para el encuentro sin el límite de la materia. Para encontrarnos con Él “cara a cara” por la elevación que ocurre en nosotros al aceptar los dones del Espíritu Santo. María nos lleva por ese camino.