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Por Domingo Aguilera Pascual. Junio 2026

 

La Iglesia nos propone dedicar el mes de junio al Sagrado Corazón de Jesús, el corazón del Hijo.  

Las relaciones en la intimidad Trinitaria son de filiación y de amor. La relación del Hijo con el Padre es de filiación y la relación con el Espíritu Santo es de amor donal. Este amor se distingue del querer humano en que el querer de la voluntad es necesitante, es decir, quiere para tener más. Los humanos actuamos con lo material, con el cuerpo, y con lo inmaterial, las formas de la vida o de la comunicación. En el ser puro, aquél que es Idéntico a Sí mismo y Origen de todo lo creado, no existe ese querer material sino uno superior, que es espiritual y que a veces nosotros no queremos ver, consistente en donar, en darse sin medida.

 Al hacerse hombre, uno de nosotros, Jesús aprende a querer con su corazón humano. Se abajó tanto que, pudiendo abarcar todo, por querer redimirnos nos enseñó cómo teníamos que querer a su Padre y querer a los humanos.  

La caída de Adán nos privó del amor donal como el amar primero y nos confunde para pensar y querer en tener, en poseer, ser “yo” el que pone las reglas del juego. Le decimos al Creador que nosotros queremos conocer el bien y el mal, dominarlo y ponerlo a nuestro servicio, de tal forma que dictemos lo que está bien o mal según nuestra conveniencia. Ser los dueños de nuestro destino.  

El Hijo, al aceptar hacerse hombre, asume una humanidad que no puede tener ningún contacto con el pecado. Esa humanidad no es creada y después redimida, sino que es directamente asumida por el Hijo. María es asumida en su persona, como acto de ser co-existente. Es un acto de ser que, al ser asumido directamente por el Hijo, es perfecto, sin mancha de pecado alguno, ni el pecado de origen.   

María es la hija perfecta, es la hija del Padre, que con su feminidad transmite la maternidad al género humano. Los nacidos de Mujer son introducidos por Ella al encuentro con el Padre. Por ser la elegida del Padre para ser Madre del Hijo, ella tiene un amor donal pleno que nos propone a los humanos. Su amor donal es pleno para recibir al Hijo en su seno.  

El Hijo encarnado, Jesucristo, tiene un corazón como el nuestro. Llora sobre Jerusalén, se compadece de una viuda que acaba de perder al hijo y sufre los dolores más humanos e injustos que no le corresponden. Jesucristo tiene un corazón de carne, la de María. De una carne sin pecado, de una virgen que donó todo su vivir para ser la esclava de su propio Hijo. Una unidad en lo más íntimo de su corazón que les hace vibrar, alegrarse y sufrir al unísono.  

A María le hace sufrir que nuestro corazón deje abandonado al corazón de su Hijo que, por ser Dios, tiene un amor sin límites por cada uno de nosotros.  

Ella nos facilita llegar a la intimidad de su Hijo y es el camino seguro para escuchar ese latir que guarda tesoros infinitos para nosotros.