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Por Domingo Aguilera Pascual. Abril 2026

Ha comenzado el buen tiempo en Israel y se acerca la Phesah. Este año es especial, porque Jesús bajará con sus discípulos a Jerusalén a celebrarla. Sin embargo, María, con ese corazón de Madre, descubre entre “los signos de los tiempos” que hay una animadversión de los príncipes de los judíos hacia su Hijo y eso le hiela el corazón.

Los discípulos están felices, van con su Maestro que entra en la ciudad montado en una borrica y rodeado de una muchedumbre que le ensalza como Mesías. Es un momento glorioso para ellos que ¡son sus discípulos! y por fin son reconocidos por el pueblo. Pocos días antes habían estado discutiendo entre ellos, acerca de quién sería el mayor de ellos en el “reino de los cielos”. Les parece que el final glorioso está cerca y ellos tendrán su recompensa muy pronto; y se ponen a hacer inmediatamente planes de futuro.

María y sus acompañantes, las mujeres, están recorriendo la ciudad para ir apalabrando los corderos para la Phesah. Hay mucha demanda y hay que buscar los mejores a un precio razonable.

El jueves por la mañana ya están las mujeres en la casa del padre de Juan y Andrés, que es una casa con dos estancias situada muy cerca del monte Sion. Juan “el Zebedeo” era sacerdote del Templo y pescador en Galilea, por lo que era muy conocido en Jerusalén. Esto, le permitió a su hijo Juan entrar con facilidad por el cercano palacio de Herodes cuando prendieron a Jesús.

Las mujeres ocupaban la planta baja preparando los panes ácimos, las hierbas amargas y preparando el fuego para asar los corderos. Cuando comenzó la Phesah, las mujeres estaban atentas a su desarrollo por si faltaba algo. Nada más comenzar, cuando María escuchó que su Hijo decía: “ardientemente he deseado comer esta Pascua” no tuvo duda: ¡Todo había comenzado! No sabía cómo se desarrollarían las siguientes horas, pero sí sabía que la hora había llegado para el cumplimiento de las profecías que predecían la muerte de su Hijo.

En ese preciso instante, María volvió a renovar desde el fondo de su corazón aquellas palabras que nunca dejó de pronunciar: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tus palabras”. Y en cuanto se enteró por Juan de que habían prendido a Jesús, salió con las mujeres que habían estado con ella durante la celebración de esa Phesah, a buscarle y seguirle por las calles de Jerusalén. Ellas sí estaban decididas a seguir al Maestro hasta la cruz.

Todos los discípulos huyeron, Pedro le negó tres veces y Judas le vendió por treinta monedas de plata. No tenían fe, sólo ilusión y voluntad de seguir al Maestro mientras el viento les era favorable, pero no tenían fe.

Ellas sí tenían fe: la fe de María.