Por Domingo Aguilera Pascual. Marzo de 2026
María recordó toda su vida aquél día en que Jesús se despidió de Ella y solamente le dijo: “Mujer, ha llegado mi hora”. No la llamó María, ni Madre, sino Mujer. Esa palabra era la clave para Ella. Este viaje era distinto a todos los anteriores.
Jesús se machó al desierto de Judá, aquel mismo que el pueblo rescatado de Egipto había pisado durante cuarenta años y Él permaneció en ayuno y orando durante cuarenta días, entre los animales.
Hasta ese momento Jesús había permanecido en su casa. A José, tanto María como Jesús, le habían acompañado hasta el día de su marcha al cielo. De su fallecimiento sólo se habían enterado los vecinos de Nazaret, los parientes de Belén se enteraron más tarde y no estuvieron en su entierro. Desde ese día María era una viuda a la que cuidaba su hijo.
Pero el día de la marcha de Jesús, Ella permaneció en Nazaret. Ese día se quedó sola, como una viuda más de las que había en Israel en aquellos tiempos. No era un plato de gusto el ser viuda en Israel y quedarse sola, porque eso significaba ser lo más vulnerable ante los demás, quedándose a merced de los vecinos.
Para María se abría una nueva etapa que tenía que afrontar ahora sin José y sin Jesús. Era comenzar de cero otra vez, como su Hijo, comenzar en el sacrificio y sin nada.
María lo aceptó todo en el fondo de su ser y volvió a recordar aquellas palabras de Simeón, las que Ella guardaba en su corazón, para darse cuenta de esa realidad. Iba caminando en paralelo a su Hijo, con los mismos sentimientos de su Hijo.
¿Dónde estarían los pensamientos de María? Sus pensamientos estaban puestos en su Hijo, unidos a los pensamientos redentores de su Hijo, unida al querer redentor de Jesús: soledad, desprendimiento y oración. Su oración iba creciendo en intensidad, en deseos de redención y en ese amor que necesita darse sin término.
Sabía por las escrituras que su Hijo iba a padecer y que comenzaría con una preparación para estar a solas con su Padre. Jesús comenzaba el éxodo hacia su Padre. Ya no era suficiente aquél estar “en las cosas de su Padre”, sino que ahora estaba unido al Padre y al Espíritu Santo en su humanidad para colmar su afán redentor.
Ahora Jesús comienza a presentarse como Mesías. Una labor ardua porque no le reconocerán como tal, al tener sus congéneres una idea predeterminada del Mesías que quieren hacer realidad. En vez de ser humildes y aceptar como es Él, quieren que Él sea como la idea forjada en su mente durante muchos siglos. No aciertan a verle en su corazón, están ciegos de orgullo.
Y María lo sabe.