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Por Domingo Aguilera Pascual. Febrero 2026.

 

María y José ya habían ido varias veces al Templo de Jerusalén, pero esta vez era distinto a las anteriores en las que habrían venido con sus respectivos padres. 

María como descendiente de Levi habría sido llevada por sus padres, siendo niña, al Templo de Jerusalén. Joaquín y Ana eran un matrimonio importante con gran influencia en Jerusalén.

 Joaquín era un sacerdote del Templo que tenía que realizar su servicio dos veces al año, como todos los sacerdotes, pero que vivía en Galilea porque tenía, según la tradición oral, un gran rebaño. Por ello bajaría varias veces al año a la ciudad de David, al menos dos para oficiar su “turno” en el Templo y posiblemente alguna vez más para celebrar la Pascua, como buen judío. 

Ana era una mujer muy rica y culta, de la que sabemos que tenía una casa muy grande en Jerusalén, que hoy es la Iglesia de santa Ana, que está situada en la finca de las piscinas de Betzatá, y que tenía otra casa en Séforis como residencia veraniega. Séforis era la nueva ciudad veraniega de Herodes donde coincidían los judíos ricos que hablaban griego y que estaba, en esos años, en plena expansión. Esto último lo sabemos porque en las últimas excavaciones de Séforis aparecieron las ruinas de una iglesia dedicada a santa Ana en la que, en la actualidad, una comunidad del Verbo Encarnado ha restaurado una parte y ofrecen culto católico. Por lo tanto, Ana y Joaquín pasarían allí largas temporadas en verano con lo más destacado de la comunidad greco-judía. Joaquín y Ana serían muy cultos y es muy posible que María aprendiese algunas palabras en griego al jugar con los niños y al escuchar a sus padres hablar con vecinos. Esto es muy plausible dado que el Ángel le dice a María “Alégrate” que es el saludo griego “Chaire”, mientras que el saludo en Israel era “Shalom” que significa “Paz”, como explica Benedicto XVI en “EL SEÑOR NOS LLEVA DE LA MANO” (El SI de María y el cumplimento de la Promesa). 

José, que muy probablemente nació en Nazaret, vivía con su padre Jacob que trabajaba en Séforis. Esto lo sabemos porque era “tekton”, palabra griega que significa artesano cualificado, “el que trabaja con instrumentos” y que tiene una derivada en inglés como “architect”. Esto explica que Jesús fuese llamado hijo del “tektón”como expresión de asombro y también aclara que José al marchar a Egipto encontrase fácilmente trabajo. José bajaría desde Nazaret a Jerusalén al menos un año con su padre Jacob, por la fiesta de la Pascua, para adorar en el Templo y cumplir con la Ley, viviendo esos días con sus parientes en Belén. 

Pero esta vez era distinto para los dos, porque llevaban a su hijo Jesús para ofrecerlo como primogénito. No sabemos si ofrecieron un cordero o dos pichones porque la tradición nos dice que “como eran pobres” suponemos que la ofrenda fue de dos pichones, pero ni María ni José eran pobres, aunque viviesen la pobreza de forma radical y auténtica durante toda su vida. José era de familia real, dado que era sucesor directo de David, y esto lo sabían sus parientes y también los príncipes de los sacerdotes que se lo contaron a Herodes. Entonces Herodes vio peligrar su realeza y mandó matar a todos los niños hebreos de dos años para abajo cercanos a Belén. 

Cuando José y María acuden al templo se encuentran con dos personajes que son resaltados en el Evangelio sólo por san Lucas. Son dos personas mayores, que no tendrían más importancia en otras circunstancias, que dan testimonio del Mesías. Simeón profetiza sobre el Niño como el Salvador y sobre María como la Mujer que le acompañará en la Cruz. Ana no profetiza, sino que “hablaba a todos de la liberación de Israel”. 

Este viaje lo hicieron posiblemente al regresar de Egipto con Jesús ya de tres años, para cumplir con la Ley, ya que tuvieron que salir huyendo de Belén hacia Egipto nada más presentarse los Magos. En este caso San Lucas nos dice que cuando cumplieron todos los requisitos en el Templo, se volvieron a Galilea. 

María guardaría este suceso en el fondo de su corazón, y estaría especialmente agradecida a Simón y Ana, por lo que se lo contaría a san Lucas y este nos lo contó a nosotros. Es el corazón grande de María el que tiene en cuenta esos pequeños sucesos que están ocultos a los ojos de los demás, pero no a la mirada de una Madre. 

¡¡¡Qué agradecida es María!!!