Esta web usa cookies operativas propias que tienen una pura finalidad funcional y cookies de terceros (tipo analytics) que permiten conocer sus hábitos de navegación para darle mejores servicios de información. Si continuas navegando, aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración, desactivarlas u obtener más información.

Por Cari Filii lunes, 23 de febrero 2026

 

Durante siglos, Ujué ha custodiado el corazón de Carlos II de Navarra.

Ujué es uno de esos lugares que parecen guardar un secreto a simple vista. Aunque muchas guías apenas lo mencionan, basta cruzar el umbral de su iglesia‑fortaleza para que algo llame la atención de inmediato. Allí, en el presbiterio, se encuentra la Virgen de Santa María de Ujué, una talla románica del siglo XII que no se percibe como una figura distante o meramente ornamental, sino como una presencia que se impone con naturalidad, casi con autoridad silenciosa.

La clave está en su frontalidad. La imagen representa a la Virgen sentada con el Niño en el regazo, siguiendo el modelo medieval conocido como Sedes Sapientiae, el Trono de la Sabiduría. Ambas figuras miran directamente hacia quien entra o se aproxima. Ese gesto hierático, solemne y directo provoca en muchos visitantes una reacción inmediata: la sensación de que la imagen sostiene la mirada del observador, como si hubiera una comunicación muda entre la talla y la persona que se detiene ante ella.

Esa impresión se transmite de boca en boca entre quienes visitan el santuario. La talla, realizada en madera, está recubierta por chapas de plata que dejan al descubierto únicamente el rostro y las manos. La combinación de materiales, la forma en que la luz se refleja en la plata y la distancia desde la que se contempla refuerzan aún más esa idea de presencia viva, casi vigilante.

El santuario no es solo una obra de arte medieval: es un símbolo cargado de tradición. Según la leyenda, recogida por cronistas a lo largo de los siglos, un pastor descubrió la talla al observar que una paloma entraba y salía repetidamente de una pequeña oquedad en la peña. Intrigado, se acercó y encontró la imagen oculta en el interior. Ese relato, repetido generación tras generación, se ha convertido en el origen del lugar y en uno de los pilares del arraigo popular de Ujué.

Pero el santuario guarda otro elemento singular que añade aún más densidad histórica al conjunto. Durante siglos, Ujué ha custodiado el corazón de Carlos II de Navarra. Tras su muerte, se decidió enviar este órgano al santuario, donde llegó en 1387. Aunque este hecho es poco conocido fuera de Navarra, contribuye a reforzar la excepcionalidad del lugar y la mezcla de espiritualidad, historia y tradición que se concentra en un espacio relativamente reducido.

Por eso, quienes suben hasta Ujué no buscan únicamente las vistas panorámicas o la belleza de la piedra medieval. Entran en el templo, levantan la mirada y se encuentran con un rasgo que casi nadie explica en las guías, pero que casi todo el mundo comprende al instante: la Virgen está ahí, de frente, como si el primer gesto del santuario fuera mirar al visitante antes incluso de que el visitante termine de mirar el santuario.