Por Cari Filii jueves, 12 de febrero 2026

Tras la Segunda Guerra Mundial, estas imágenes vivieron un nuevo impulso.
En una ciudad como Roma (Italia), donde los museos y las obras maestras parecen inagotables, existe un tipo de arte que muchos visitantes pasan por alto: las madonnelle, pequeños santuarios marianos que se encuentran en las fachadas de innumerables edificios. Estas imágenes, situadas en cruces de calles y esquinas, fueron colocadas para que la Virgen María protegiera a quienes caminaban por la Ciudad Eterna.
La tradición de instalar estas pequeñas representaciones marianas comenzó en 1523, cuando se colocó la primera de ellas, conocida como Imago Pontis, aún visible en el barrio del Ponte. Durante los siglos XVII al XIX, especialmente tras la Contrarreforma, su presencia se multiplicó hasta alcanzar unas 3.000. Hoy sobreviven aproximadamente la mitad, testigos silenciosos de la devoción popular romana.
En aquella época, la Iglesia respondió a las críticas contra el culto a las imágenes encargando grandes obras religiosas para las iglesias, mientras que artistas anónimos llevaron su creatividad a las calles mediante estas madonnelle. Originalmente, muchas estaban acompañadas por lámparas de aceite que iluminaban las noches romanas. Los vecinos mantenían encendidas estas luces como gesto de devoción, una costumbre que hoy continúa con velas y flores colocadas por los fieles.
Una tradición muy antigua
Aunque la madonnella más antigua tiene unos cinco siglos, la costumbre de levantar pequeños santuarios en espacios públicos es mucho más antigua. Desde los primeros tiempos de Roma, los habitantes erigían altares dedicados a los Lares, espíritus protectores considerados guardianes del hogar y de la comunidad. En las casas se construían los lararia, y en las calles, especialmente en los cruces, se colocaban los llamados lares compitales, visibles para todos los transeúntes y pensados para proteger a quienes pasaban por allí.
Con la expansión del cristianismo, estos antiguos santuarios paganos fueron desapareciendo y, poco a poco, la figura de María ocupó su lugar como protectora de las calles romanas. A finales del siglo XIX, la devoción mariana ya había sustituido por completo a los antiguos Lares, y las madonnelle se convirtieron en la presencia espiritual predominante en las intersecciones de la ciudad.
A lo largo de los siglos, numerosos relatos han atribuido milagros a estas imágenes. Muchos de ellos hablan de ojos que parecen moverse, llorar o incluso sangrar. Uno de los episodios más conocidos ocurrió el 9 de julio de 1796, cuando, en plena invasión napoleónica, decenas de romanos aseguraron que los ojos de varias madonnelle seguían a quienes pasaban. La Iglesia reconoció cinco de estos casos como milagrosos y, alrededor de una de estas imágenes, se construyó la pequeña iglesia de la Madonna dell’Archetto, considerada hoy el templo más pequeño de Roma.
Algunas madonnelle están dedicadas a advocaciones concretas, como la Virgen del Carmen, mientras que otras funcionan como santuarios personales, como la dedicada a Mater Itineris, la Madre del Camino. En este último caso, los vecinos del barrio la visitan con frecuencia, dejando flores, velas y placas de agradecimiento por favores recibidos, muchas de ellas marcadas con las iniciales “P.G.R.”, “Por la Gracia Recibida”.
Tras la Segunda Guerra Mundial, estas imágenes vivieron un nuevo impulso. El 4 de junio de 1944, el papa Pío XII consagró Roma a Nuestra Señora del Divino Amor, pidiéndole protección en medio de los bombardeos. Ese mismo día, las tropas estadounidenses liberaron la ciudad, lo que fue interpretado como una intervención providencial. En agradecimiento, se instalaron nuevas madonnelle dedicadas a la Virgen del Divino Amor, muchas de ellas con la inscripción: “Virgen María Inmaculada, Madre del Divino Amor, haznos santos”.
Hoy, estas pequeñas imágenes marianas pueden encontrarse en todo tipo de rincones: desde callejones estrechos hasta fachadas de palacios, pasando por restaurantes y edificios modernos. Para turistas y romanos, basta con levantar la vista para descubrir un fragmento de la historia espiritual de la ciudad.