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Carlos Zapata - publicado el 01/08/20 - actualizado el 31/07/24
 
San Alfonso María de Ligorio tenía mucho amor a la Virgen María y, además de manifestarlo durante toda su vida, lo hizo en un libro, su obra magistral San Alfonso María de Ligorio, profesaba mucho amor a la Virgen María. Su libro Las Glorias de María recoge una profunda recopilación de la defensa mariana, junto a su opinión, destacando dos grandes verdades: la Virgen María es Madre del Redentor y es Madre de misericordia:
 

“¡De cuántos peligros, Reina mía, no me has librado? ¿Quién podrá enumerar las luces y misericordias que de Dios me has alcanzado? ¿Qué beneficios, qué honores has recibido de mí, para empeñarte en hacer tanto bien?

“Señora mía, amabilísima, siendo tan miserable como soy, no puedo, en cambio hacer otra cosa más que alabarte siempre y amarte. No te desdeñes de aceptar el amor de un pecador enamorado de tu bondad".

 

Su trabajo Las Glorias de María es una de más excelsas aportaciones marianas jamás escritas. Pero Alfonso escribió más de un centenar de obras (111), incluyendo su Tratado de Teología Moral, entre los años 1753 y 1755.

Expulsado por su propia orden

Su escritura no surge como fruto de grandes placeres, sino en medio de profundos dolores, pues una pesada cruz acompañó al santo en su última década de vida y lo obligó a lidiar con momentos particularmente dolorosos, sufrimientos físicos y espirituales.

Sus intentos por lograr el reconocimiento de su congregación fueron vanos y ésta se vio afectada por amargas discusiones en su interior, que solo acabaron tras su muerte.

Virtualmente ciego e incapaz de dirigir el grupo, fue expulsado de la orden que él mismo fundo por no haber leído un documento crucial antes de firmarlo.

Dios le concedió morir a la hora del Ángelus del 1 de agosto de1787. Cesaron entonces las divisiones en su congregación y se reconocieron los errores cometidos en su contra.

Así, los redentoristas obtuvieron el reconocimiento pleno y se expandieron rápidamente por todo el planeta hasta tener presencia en más de 80 países.

Doctor de la Iglesia

Fue beatificado en 1816 y canonizado en 1831. Le proclamaron Doctor de la Iglesia en el año 1871.

San Alfonso María de Ligorio es uno de los santos que mayor influencia tuvo en la devoción a la Santísima Virgen. Su comentario de la Salve Regina es una dulce explosión de amor que la muestra como Madre y como Reina, exaltando su condición de misericordiosa y “esperanza nuestra”.

Alfonso tardó 16 años en redactar Las Glorias de María, en las que hace impecable gala de los honores de la Madre de Dios y destaca la noble piedad mariana, así como su poder de intercesión.

Comenzó a escribirlo cuando tenía 38 años de edad y lo terminó a los 54. A lo largo de sus años fue perdiendo los sentidos de vista y oído.

Aquí tienes algunas de sus frases y reflexiones célebres

"Cuánto amor a Dios"

“Soy medio sordo y medio ciego, pero si Dios los quiere más, lo acepto con gusto”, decía.

El santo visitaba a diario el Sagrario. Al estar junto a él, decía: "¿Jesús, me oyes?". Y a los hermanos que le acompañaron durante su vejez, les interrumpía con frecuencia para increpar:

"¿Ya rezamos el Rosario? Perdónenme pero de ello depende mi salvación". 

Estando en avanzada edad, casi sin vista, tenía a su cuidado un hermano coadjutor que lo consolaba leyéndole libros espirituales. Entusiasmado una vez, interrumpió al joven diciendo: "Diga hermano: ¿qué libro es ese? ¡Cuán precioso es! ¿Quién lo ha escrito? Qué suavidad. ¡Cuánto amor a Dios, a María y a las almas! ¿Y cómo se llama su autor?"

–El hermano se le acercó un poco más y cerrando el libro y leyendo su portada le dijo: "El libro se llama: Las Glorias de María, y su autor es Alfonso de Ligorio".

Al venerable anciano oír aquella noticia se le enrojeció el rostro de emoción, ruborizado de haber alabado de tal manera su propia obra.

Más tarde el santo dirá:

“¡Oh, María! Espero salvarme con entera certidumbre por tu medio. Ruega a Jesús por mí; no te pido otra cosa.

Tú me has de salvar, porque eres mi esperanza. Entre tanto, no cesaré de repetir estas consoladoras palabras: ¡Oh María, esperanza mía; Tú me has de salvar!”